En el número 194 del Paseo de la Habana, en Madrid, está la Embajada de Cuba en España. El Consulado General funciona en ese mismo complejo, con entrada por la calle Macarena. Desde fuera es una dirección más de la capital española. Para mí, cruzar esa puerta significaba otra cosa.
Había intentado postergar ese momento todo lo posible. Salí de Cuba el 22 de octubre de 2019. Después viví en Bolivia, de donde fui expulsado en diciembre de 2022, pasé casi diez meses en Uruguay y finalmente llegué a Madrid. Cuando mi pasaporte cubano venció en 2025, renovarlo significaba volver a depender, aunque fuera para algo tan elemental como un documento de identidad, de una institución del mismo régimen totalitario del que había escapado.
Fui aplazándolo hasta que ya no tenía sentido seguir esperando. Cuando finalmente inicié la renovación, el 29 de enero de 2026, decidí hacerlo mediante una gestoría precisamente para evitar acudir personalmente al Consulado. Entregué la documentación, la fotografía y los datos requeridos y pagué el trámite. La solicitud se inició a través del Consulado General de Cuba en Barcelona.
Pensé que solo quedaba esperar. Sin embargo, pasaron las semanas y mientras otros pasaportes gestionados por la misma agencia avanzaban, el mío no. La gestoría terminó comunicándome que debía acudir personalmente al Consulado en Madrid para completar la toma de datos biométricos.
El 13 de abril escribí al Consulado en Barcelona para saber qué ocurría. Al día siguiente me respondieron que estaban coordinando con Madrid para atenderme fuera de turno «para evitar que siga demorando el proceso». El correo precisaba que una vez capturada la biometría, el pasaporte sería expedido «dentro de los 10 días siguientes».

Finalmente, el 29 de mayo, tuve que cruzar la puerta que durante meses había intentado evitar.
Dentro del Consulado
La primera sensación fue difícil de separar de Cuba. La sala de espera podía pertenecer a cualquier oficina gubernamental de la Isla. Los muebles, la disposición del lugar, el ambiente burocrático, la manera en que transcurría la espera. Afuera estaba Madrid. Adentro, por momentos, la distancia con Cuba parecía mucho menor.
Conmigo, además, el trámite no siguió el recorrido habitual. Me apartaron del resto y me condujeron a una oficina. Sobre nosotros dominaba un enorme retrato de Raúl Castro y en las paredes había propaganda política del régimen. Yo había ido allí para completar la biometría de un pasaporte.
Me recibió Sigfredo Calzadilla Navarro, cónsul cubano acreditado en Madrid, acompañado durante buena parte del encuentro por otro hombre cuya identidad y función nunca me fueron explicadas. No dijo su nombre ni qué hacía allí. Cuatro meses después volvería a encontrarlo.
El trato fue cordial hasta el exceso. Pero aquella cordialidad no me tranquilizaba. La dinámica me resultaba demasiado conocida por los testimonios de activistas, opositores y periodistas que durante años han contado sus encuentros con la Seguridad del Estado en Cuba. El policía bueno que intenta congraciarse contigo, mostrarse razonable, preguntar por la familia, hacer bromas, ofrecer ayuda y convertir una situación de evidente desigualdad en una conversación aparentemente amistosa.
Yo tenía claro dónde estaba y con quién estaba tratando. Conozco el aparato estatal que tenía delante y las prácticas de vigilancia, hostigamiento e intimidación contra periodistas, activistas y personas consideradas críticas que organizaciones de derechos humanos han documentado durante años en Cuba.
Por eso nunca confundí las formas con el fondo.
Preguntaban por mis padres, por Holguín, por mi familia. Hacían bromas y buscaban constantemente llevar la conversación a un terreno personal. El café y el té se convirtieron en una insistencia. Me ofrecieron algo de beber y dije que no. Volvieron a ofrecerlo. Volví a negarme. Insistieron varias veces y llegaron incluso a bromear con que no me iban a envenenar.
Yo no iba a tomar nada.
Puede parecer un detalle menor, pero para mí no lo era. No estaba tomando café con amigos ni tenía intención de comportarme como si aquella fuera una conversación entre compatriotas. Había entrado en una institución del régimen cubano, ellos controlaban el procedimiento y yo necesitaba un documento que solo las autoridades cubanas podían expedirme. No iba a bajar la guardia.
En otro momento uno de ellos me dijo «Aquí es tu casa» y después «Esta es la casa de todos los cubanos».
Yo no conseguía sentirla como mi casa.
Mientras intentaban crear aquel ambiente de confianza, comenzaron a pedirme una cantidad de información que no esperaba tener que proporcionar otra vez. Yo ya había entregado por escrito a la gestoría los datos necesarios para solicitar el pasaporte y había pagado el procedimiento. La información que tenía era que debía acudir a Madrid para completar la biometría.
Sin embargo, allí volvieron a preguntarme por mi fecha y lugar de nacimiento, cuándo había salido de Cuba, dónde residía, mi teléfono, mi profesión, mis estudios, mi trabajo anterior en la Isla, mis últimos domicilios y personas de referencia. Cuando dije que era periodista preguntaron por mi formación universitaria. Microbiología. También por el lugar donde había trabajado en Cuba, el Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología.
Después llegaron a mi familia.
Me preguntaron quién podía «dar fe» de mí en Cuba. Respondí que mi madre. Querían su dirección y su teléfono. No recordaba algunos datos de memoria. Llevaba más de seis años fuera del país, mi familia se había mudado y parte de esa información estaba en el teléfono, que no llevaba conmigo. También me pidieron mis dos últimos domicilios en Cuba, incluida una dirección temporal en La Habana que no podía reconstruir con exactitud.
Si me hubieran dicho que necesitaba llevar toda aquella información, la habría preparado. Yo había ido pensando que faltaban mis huellas.

Finalmente hicieron la fotografía correspondiente al pasaporte, capturaron los datos biométricos y escanearon mi firma. Cuando pregunté cuánto demoraría el documento, la respuesta ya no coincidía con lo que Barcelona me había comunicado por escrito. Los diez días se habían convertido en un plazo de entre dos y tres meses. Los datos que no pude recordar quedaron pendientes. Calzadilla me indicó que los enviara posteriormente al correo identificado como «Cónsul 3».
Pero aquella primera visita todavía no había terminado.
Cuando todo parecía concluido me pidieron que esperara. Permanecí varios minutos solo dentro de aquella dependencia, sin saber qué faltaba ni por qué seguía allí. Después regresaron y me acompañaron para salir.
Fue entonces cuando advertí que otra persona me estaba fotografiando dentro del recinto consular.
No era la fotografía biométrica que acababan de hacerme. Aquello ya había terminado. Eran otras fotografías y nadie me había pedido autorización.
Protesté. Pregunté por qué me estaban fotografiando sin mi consentimiento. La explicación que recibí fue que yo era una persona pública y que, por esa razón, consideraban que podían hacerlo.
No seguí discutiendo. Había entrado para completar la biometría de un pasaporte y terminé respondiendo nuevamente preguntas sobre mi vida, mi trabajo, mi familia y mis antiguas direcciones, para después descubrir que me estaban fotografiando sin haberme pedido permiso.
Salí sin el nuevo pasaporte. El hombre que había estado junto a Calzadilla durante buena parte de la visita tampoco me había dicho quién era.
Los diez días se convirtieron en meses
Pasaron los diez días prometidos, después junio y julio, y el aviso que supuestamente recibiría cuando estuviera listo nunca llegó. El 28 de agosto escribí al Consulado para preguntar por el estado del trámite. Recordé que había acudido meses antes para completar la biometría y que me habían dicho que me avisarían. Volví a escribir el 7 de septiembre.
Finalmente, el 23 de septiembre, recibí respuesta desde «Cónsul 3».
«No le habíamos respondido antes porque no teníamos aun su pasaporte».
Me citaron para el viernes 2 de octubre a las 9:30 de la mañana, por la entrada de Paseo de la Habana 194. Habían transcurrido más de ocho meses desde el inicio del trámite y más de cuatro desde mi visita al Consulado.

Volví al mismo edificio. Esta vez tuve desde el principio la impresión de que me estaban esperando.
Antes de continuar me pidieron que me quitara el reloj inteligente. No había llevado teléfono. Tampoco quise dejar el reloj con los funcionarios, así que tuve que salir nuevamente del edificio, entregárselo a una persona que me esperaba en la calle y volver a entrar.
Me condujeron a una oficina diferente. Calzadilla apareció al principio, pero después se marchó. Me quedé solo durante aproximadamente 15 minutos. No sabía qué esperaba ni por qué me habían hecho entrar allí.
Entonces apareció el mismo hombre de mayo. Seguía sin presentarse ni explicar cuál era su función.
Esta vez tenía mi pasaporte.
Y una carpeta.
Mi pasaporte y mis publicaciones sobre la misma mesa
No comenzó entregándome el documento. Me dijo que yo había sido muy insistente con el pasaporte, reconoció que se había demorado y quiso saber por qué había insistido tanto.
La pregunta me sorprendió. Lo había solicitado en enero, había completado la biometría en mayo y el propio Consulado me había comunicado por escrito que, después de ese paso, sería expedido en diez días. Estábamos en octubre.
Le respondí que había insistido porque era mi pasaporte, mi documento de identidad.
Entonces apareció otra explicación para la demora. El funcionario comenzó a hablar del embargo de Estados Unidos y sostuvo que sus consecuencias habían terminado afectándome personalmente. No quise entrar en esa discusión. No había vuelto al Consulado para debatir sobre política internacional. Había ido a recoger mi pasaporte.
Pero sobre la mesa había algo más.
El hombre abrió una carpeta que contenía publicaciones mías de redes sociales impresas en papel y comenzó a mostrármelas. Reconocí especialmente una fotografía. Era una cazuela abollada que me habían enviado directamente desde Cuba después de ser utilizada para protestar durante un cacerolazo en La Habana.

La imagen había salido de Cuba, había llegado hasta mí y yo la había publicado. Ahora estaba impresa dentro del Consulado cubano en Madrid, delante de un funcionario cuya identidad seguía desconociendo y junto al pasaporte que llevaba ocho meses esperando.
Ahí interrumpí la conversación.
«Mire, yo no vengo aquí a hablar de política ni vengo aquí a tener un debate de absolutamente nada con usted, mucho menos de lo que yo publico en redes sociales».
Me pidió que no me exaltara. Le respondí que no estaba exaltado. Simplemente no iba a participar en aquella conversación.
Le expliqué que él tenía sus convicciones y yo las mías. Podíamos estar allí 30, 40 o 50 minutos y ninguno iba a convencer al otro. Le pedí que guardara los papeles. Yo sabía perfectamente lo que había publicado.
También le dije que me parecía absolutamente anormal que un ciudadano cubano acudiera al consulado de su país para recoger un documento de identidad y un funcionario sacara una carpeta con sus publicaciones en redes sociales, ya fuera a modo de reproche o de amenaza.
«Por eso, porque estas cosas no ocurran, es mi lucha».
No quería seguir hablando de mis publicaciones.
«Yo vengo acá por mi pasaporte. ¿Me lo va a dar o no?».
Me lo entregó. Comprobé los datos, estaban correctos, guardé el documento y salí.
Afuera estaba Madrid
Lo ocurrido durante aquellas dos visitas va mucho más allá de las incomodidades de un trámite consular. Para renovar mi pasaporte tuve que acudir a una institución del mismo régimen del que estoy exiliado, que me ha perseguido, amenazado y difamado públicamente, y que en diciembre de 2022 maniobró para que me expulsaran de Bolivia. Años después, ya viviendo en España, volvía a depender de sus funcionarios para obtener un documento que necesito por el simple hecho de ser cubano.
Ahí está una de las formas más perversas de esa relación. Puedes marcharte de Cuba, rehacer tu vida a miles de kilómetros y vivir en un país democrático, pero sigues dependiendo del Estado cubano para algo tan elemental como tu pasaporte. Y cuando cruzas la puerta de una de sus sedes consulares, la relación vuelve a ser profundamente desigual.
En mi caso, esa desigualdad se tradujo en una sensación de absoluta indefensión. No solo por lo que ocurrió, sino por la normalidad con la que ocurrió. Que alguien pudiera fotografiarme sin mi consentimiento. Que un funcionario que nunca se identificó tuviera impresas mis publicaciones. Que pudiera preguntarme por ellas mientras mi pasaporte seguía en sus manos. Todo como si aquello formara parte natural de un trámite consular.
Esa normalidad también es violencia. No hace falta un golpe ni una amenaza explícita. Basta con hacerte saber que tienen el control, que conocen lo que haces y publicas y que, incluso fuera de Cuba, todavía existen espacios en los que debes colocarte nuevamente bajo su autoridad porque necesitas un documento que solo ellos pueden expedir.








